¿El título dirá algo?
¿El éxito será sinónimo de felicidad? o
¿La felicidad la da el éxito?
Primero tengo que recurrir a alguna definición porque la verdad se hila delgado, veamos:
Éxito (según diccionario) = Resultado feliz de un negocio.
Felicidad = Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien. Satisfacción, placer, contento. Buena suerte, cirscunstancia favorable.
De acuerdo a estas definiciones, la aseveración de inicio es verdadera ¿O no?
En el caso de la primera, se me hace un poco incompleta: para mi el éxito no se mide solamente en función a los resultados de un negocio, sino en la consecución de un objetivo o meta, que bien pueden ser algo intangible.
Recuerdo haberle preguntado a mi papá para él qué era la felicidad, y de manera sencilla aunque para reflexionar, me contestó que la felicidad consiste en sentirse feliz, lo que de alguna manera da a entender que no es un estado permanente, y concuerda con nuestra definción.
Cuando era pequeño mis preocupaciones consistían en sacar buenas calificaciones y en jugar futbol, cuando mis notas eran buenas o jugaba bien, me sentía satisfecho, feliz. Entonces era exitoso.
Después al ir creciendo mis objetivos se fueron volviendo más complejos, me sentí feliz cuando terminé y me recibí de la licenciatura, cuando concluí mis estudios de maestría y digno de recordarse es cuando me casé, haber logrado una meta como esa me hizo sentir feliz.
Sin embargo, lo más memorable para mí fué, por la gran felicidad que experimenté, cuando nacieron mis gemelos, pues después de haber sufrido la pérdida de un bebé dos años antes, por fin logramos nuestro objetivo de ser padres y más aún porque fueron concebidos con mucho amor y se han convertido en mi máximo orgullo y símbolo de lo exitoso que soy.
Y lo anterior, sin considerar ningun aspecto económico ni tangible.
Se esperan comentarios.
viernes, 13 de abril de 2007
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2 comentarios:
Érase una vez
Corría y corría hasta llegar a esa escalera. Me paraba al pie y la subía. Peldaño por peldaño me iba acercando a la cima, al voltear al cielo el sol lastimaba mis ojos y me obligaba a fruncir el ceño.
A lo lejos veía mi objetivo: la plataforma de la que me lanzaría a una de las mayores aventuras de mi infancia. Aquella resbaladilla roja que estaba en el patio de mi casa representaba todo, el sentimiento del aire en mi rostro, la adrenalina que corría en mi sangre al sentir la velocidad, el miedo de pararme en la plataforma y ver hacia abajo esa interminable pendiente, el reto de vencer mi miedo y soltarme.
Cuando era niña, las cosas se veían más grandes. Los aviones eran enormes aves que volaban a través del cielo, los edificios eran gigantes en los que habitaban las personas y los adultos, a los que veía hacia arriba, eran mis guardianes.
Las manos de papá eran titánicas al igual que mis sueños. Lograba lo que quería y me sentía satisfecha. Mis grandes hazañas consistían en patinar más rápido, volar cada vez más arriba en los columpios o lanzarme de las resbaladillas más altas.
La vida era más sencilla. Los logros eran cosa de todos los días pero cada uno me llenaba de emoción. Esa emoción que hace que la piel se enchine, que te provoca sonreír de oreja a oreja todo el día, que te impulsa a seguir intentándolo.
Pero todo cambió, el tiempo hizo de las suyas y crecí. Poco a poco fui dejando de lado mis aventuras infantiles para sumergirme en las preocupaciones de adulto. Que si tenía exámenes finales, o en casa había problemas de dinero. Que si mamá estaba enferma o mi hermano estaba triste. Las ilusiones pasaron a un segundo plano. Los conflictos que me presentaba la vida inundaban mi mente y cada vez tenía menos tiempo para soñar.
Llegó un punto en el que había dejado de sonreír, en el que siempre estaba angustiada, en el que ya no disfrutaba la vida. ¡Algo tenía que hacer! ¿Dónde había quedado aquella niña que no podía dejar de sonreír? ¿En qué punto había dejado de vivir?
Por fin un día comprendí que la realidad no está peleada con la fantasía, sino que es su alimento. Descubrí que somos nosotros los artífices de nuestra felicidad, somos nosotros los que debemos conseguir mantener una sonrisa en nuestro rostro, los que debemos enfrentar la vida con optimismo y sacar las fuerzas para seguir de dónde ya no las hay.
Pero hubo algo aún más importante. Me di cuenta que nuestra labor es hacer que nuestra vida sea lo que alguna vez fue nuestro sueño. Irónico, pero la felicidad consiste en hacer que la realidad y la fantasía coexistan en tu vida.
Cuando logres darle color a los momentos más grises, cuando ilumines la oscuridad con una sonrisa, ese día podrás decir que eres feliz, que has aprendido de lo malo y has obtenido algo bueno y que por fin vives una vida de fantasía.
Deseo que vuelvas a la sencillez de la infancia, a sentir emoción por los pequeños detalles, a soñar.
Ese es mi deseo para tí, que tus sueños te impulsen a seguir, a conseguir aquello que sólo vivía en tu mente, aquello que alguna vez creíste imposible porque recuerda soñar no es creer en lo imposible, es creer que todo puede ser posible.
no pude evitar sentirme muy emotiva al leer el blog. Creo que cuando una persona es feliz, de alguna manera también hace felices a los demás. En este caso, a mi me ha tocado compartir parte de ese éxito pues tengo la dicha de ser amiga de cris... gracias por tanto éxito
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